Reuniones en la cumbre

Cine y música, música y cine. Sin más.

Algo pasa con Mary (1998)

algo pasa

Está claro que sería más fácil –y quizá más atractivo para el lector– recordar para esta nueva entrega nostálgica algún nuevo clásico (o clásico sin más) más obvio o poco discutido (que también se hará); pero a veces es más interesante echar un capote a alguna película que, en opinión del que escriba, lo merezca.
Esta peli de los Farrelly llegó en un momento en que la comedia americana lo pedía a gritos. Después de años embotados con cintas románticas irreales de medio pelo, alguien tenía que zarandearnos y recordarnos que la comedia o el romanticismo (o el cine) son algo más que ver a Richard Gere llegar en una limusina con un ramo de flores mientras suena Roy Orbison de fondo…
Algo pasa con Mary fue la vindicación moderna definitiva de la comedia como un medio que permite muchos y variados tonos; muchos más que ver a un niño rubio o un perro haciendo trastadas infantiles en la enorme y sospechosa casa de una familia americana de clase media.
Como ejemplo, el personaje que interpreta Ben Stiller, aunque pasado por el filtro estético y conceptual de los Farrelly, recuerda mucho más al Hombre real que cualquier galán relamido de los 90. Puedes hacerte una paja en el peor momento, o pillartela con la cremallera, o quedar como un puto idiota delante de los padres de tu novia; todo eso sí suena a realidad. Las pelis de estos hermanos de Rhode Island no se avergüenzan de que puedas imaginar a sus protagonistas cagando o emborrachándose hasta vomitar. Esa, creo, era una de las claves por las que la película en cuestión podía y puede funcionar tan bien.

algo La pareja formada por Ben Stiller y Cameron Diaz era otra de las claves. Algunos aún estábamos medio en shock desde que habíamos visto a la Diaz en La Máscara (1994), pero la explosión definitiva de su estrellato llegó con los Farrelly. Esta vez el personaje femenino seguía siendo una chica guapa, pero con variables; era una chica a la que le gustaba el deporte y no necesitaba lucir todo el tiempo como una cuarentona de Sexo en Nueva York. Ni siquiera era un prototipo de carácter masculino, simplemente estaba más exenta de la “encantadora” torpeza y los idealismos de cuentos de hadas que poblaban las mentes de las “heroínas” femeninas de otras películas contemporáneas. Solo así el personaje podía finalmente mostrarse comprensivo con las astracanadas e idioteces de Ben Stiller para intentar ligarsela. Uno no podía imaginarse a los personajes femeninos de otras comedias dándole un morreo a Stiller. Diaz era ideal para eso, porque además seguramente no hubiese muchas actrices que estuvieran dispuestas a rodar el gag de la gomina, o a soltar según qué líneas de diálogo. El guión no solo tenía gags escatológicos y autoconscientemente adolescentes, también estaba salpimentado por momentos de un humor negrísimo que solían provocar el silencio en la platea de la misma forma que lo han provocado algunos grandes cómicos en otras películas y escenarios a lo largo de la historia de la ficción libre.
Esa comedia más entendida como un lienzo en blanco en el que expresarse, que como la búsqueda incesable de una sonrisa que se olvida, podía ser algo nuevo para algunos espectadores (sin ir más lejos, era impagable ver las caras de mis padres cuando topaban con la peli en la tele).

Pero para mí el fondo de la cuestión, la fórmula por la que la película realmente triunfó (más allá del obvio boca a boca), era la capacidad que tenía de transmitir lo que comúnmente denominamos: Buen rollo. Una sensación de bienestar lejos de ser sintética o metida con calzador.
Puede parecer una teoría rebuscada tratándose de este título, pero intentaré argumentar. Ese buen rollo no consistía en meterte en la cabeza un ideal de vida romántica, ni tampoco te quería vender ningún discurso tan optimista como barato y de frase hecha. Era un buen rollo que lindaba más con el que te dejaban algunas comedias clásicas americanas. Se trataba de ese bienestar que te proporciona la sana intención ajena y sin grandes pretensiones, de hacer que desconectes, y todo sin que nadie te esté intentando aleccionar ni vender humo. No hay moraleja ni engaño. Y no es que crea que no debe haber esas cosas nunca en una película (si se hace bien), lo que creo es que otras intentan tapar carencias con algún tipo de discurso o efectismo ético que a mí personalmente solo hace que irritarme, o que me olvide en dos minutos de la peli.
No se trata de cuáles son los métodos, no tiene mucho que ver si el gag incluye escatología o no, ni siquiera es necesario para mí estar hora y media a carcajada limpia (yo no me he reído demasiadas veces a carcajadas con las comedias de Billy Wilder, por ejemplo, y me encantan). Se trata de si todas las piezas del engranaje consiguen que no pienses en el mismo. Se trata de que no se vean las costuras, de poder recostarte plácidamente en ellas.
Hay algún elemento que muchas veces escapa al control de los autores (otras pelis de los Farrelly han hecho aguas), y que seguramente es el que añade la magia. Algo pasa con Mary apostó fuerte para ganarse esa magia. Además de lo ya comentado, tenía muchos secundarios en estado de gracia, habilidad en la dirección y una gran banda sonora, por cierto, muy cuidada, y como en algunas otras pelis de los hermanos, espléndidamente empastada en la historia.
Ni siquiera hace falta tener ideas muy originales o nuevas. Una vez leí en una entrevista a los directores que todas sus pelis al final iban sobre un viaje en el que el chico busca a la chica. Y, si uno se fija, por cursi que suene, eso podría definir un porcentaje escandaloso de la historia del buen cine, la buena literatura y la buena música.

(Una de sus míticas escenas. En V.O., para que practiquéis vuestro inglés.)

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Esta entrada fue publicada el 28/07/2013 por en Cine.
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