Reuniones en la cumbre

Cine y música, música y cine. Sin más.

El club de la lucha (1999)

Estas son dos de las críticas que salieron de la película en el momento de su estreno;

“Pretenciosa gilipollez (…) Todo resulta un disparate con pretensiones de gran espectáculo.”

Carlos Boyero: Diario El Mundo

“De todos es sabida la predilección de Fincher por la violencia. Pero en esta ocasión se ha pasado. El filme es un puro despropósito, un canto fascista al salvajismo.”

Fernando Morales: Diario El País

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Me parece bastante raro no haber escrito aún sobre esta película sin ser en un foro o similares. Una peli que –mejor o peor, más sobrevalorada o menos– se convirtió en un referente claro para al menos un par de generaciones. Y, como no muchas veces pasa en esto del cine, el mito sigue.
No por nada he pegado dos críticas negativas. He pensado que venía a cuento, teniendo en cuenta que gran parte de los críticos vapuleó la película en su momento. No deja de ser curioso que algunos la tacharan de fascista, otros de comunista y otros simplemente de anarquista, violenta y hasta irresponsable. Recuerdo con claridad que en su semana de estreno en España, en cierta emisora de radio local (Catalunya Rádio), provocó un debate algo más que airado entre cierto locutor y cierto crítico de cine. Debate en el que mientras uno defendía que la película hacía apología del terrorismo, el otro argumentaba que sencillamente era un grito de rabia, una cinta que disparaba en todas direcciones, y que no era más que la versión fílmica de entrar en una habitación para destrozarla. Si podía haber una idea vagamente política (y esto ya lo digo yo) creo que es evidente que tenía que ver con su jugueteo irónico (o retórico) con la anarquía, algo de lo que ya estaba impregnado el libro en el que se basaba. Lo que representaba Tyler Durden a un nivel literario, era algo así como lo que había al otro extremo de Patrick Bateman, el yupi de American Psycho. Y como la cosa iba de extremos, en ambos casos, y ya fuera más o menos de un modo alegórico o desde la pura fantasía, la violencia era un elemento importante. Violencia que, por cierto, probablemente hoy día no levantara tantas ampollas. De hecho si un chaval de 17 años ve hoy la película, no creo que en absoluto se vaya a escandalizar. Sí era un película cruda, y seguramente la más efectista de Fincher a cierto nivel; pero no lo era en mi opinión más allá de lo que la narración de Chuck Palahniuk, autor del libro (por cierto, bastante más salvaje), exigía.

club 2

Creo de verdad que Fincher siempre ha tenido un punto de visionario, y obviamente de atrevido. Cuando eso sucede, ciertas películas suelen pasar bastante desapercibidas en el momento de su estreno, para ir poco a poco ganando adeptos, a medida que el boca a boca circula y la gente va captando gradualmente de qué narices discurría aquella peli tan rara del tío de Se7en.
Aquella peli que no era exactamene un thriller, ni una peli de acción, y que ni siquiera lo basaba todo en su giro de guión final. Es evidente que a mucha gente le irrita ver una película y no saber exactamente qué ha visto ni lo que le querían contar.
Pero.
Creo que a día de hoy, está más claro que el agua lo que El club de la lucha significaba y significa, la rabia y la frustración que había en ella como temas centrales (ahora más actuales que nunca), las generaciones perdidas de las que hablaba, la sensación de haber sido engañado, o de que ya podría ser demasiado tarde, o de que casi todo es mentira y la única forma de sacar la cabeza y coger aire es… cuál. La cinta intentaba bucear en parte en esa pregunta farragosa, y su ambigüedad residía sobre todo en eso. Ni tan siquiera era una cuestión política. De hecho su columna vertebral tenía más que ver con ciertos problemas de raíz, problemas de actitud relacionados con esa manía que seguimos teniendo como sociedad occidental de poner el culo independientemente de lo que se nos exija, y además siendo los borregos consumistas de siempre, alimentando a la más mínima la misma maquinaria que nos tiene dando vueltas con cara de circunstáncias en una noria igual que esos ponys de las ferias.
Esos discursos que daba Tyler Durden, que eran como la antítesis de estilo de los rollos –normalmente hipócritas– que suelen soltar los tertulianos en la tele o los políticos en todas partes, parecen tener cada vez más y más sentido. No necesariamente en un sentido literal; pero el sentimiento que ahora forma parte de la vida de muchos jóvenes (y no tan jóvenes), es algo sobre lo que de vez en cuando alguien sabe escribir, y muy bien. O filmar, como en este caso Fincher, al que ya no le debe importar mucho el que prácticamente hundiera la Fox (debido a los pobres resultados de taquilla tras una gran inversión), para acabar esta convertida –por no querer ya tomar riesgo alguno– en un generador de cine comercial de la peor calaña.
Es irónico. La película no se hubiera puesto en pie sin la colaboración de Brad Pitt, y todo lo que la ha rodeado desde el día de su estreno, no hace más que subrayar los puntos fuertes de su filosofía como artefacto incendiario. Seguramente sea una película más irregular que otras, pero dudo mucho que, ni aun estando Fincher en la dirección (con su fama de perfeccionista tipo Kubrick), nadie piense ahora que algún tipo de lacito y/ o guión con acabados estilizados le fuese a pegar en absoluto. Basta y sobra con su escena final, en la que, para regocijo de ciertos críticos y moralistas, sí deslumbra una mezcla de anarquía y romanticismo con la que, algunos –ya sabiéndonos la peli de memoria– nos emocionamos al volver a verla igual que la chica más tonta viendo la película americana más tonta.

(Un par de spots curiosos de promoción)

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Esta entrada fue publicada el 02/08/2013 por en Cine.
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