Reuniones en la cumbre

Cine y música, música y cine. Sin más.

Spotlight

Son interesantes las reacciones que está provocando Spotlight, como si la película hubiese tenido que responder a determinadas expectativas en cuanto a su tono y formas, y no lo hubiese hecho del todo o para todos. El hecho de estar narrada justo del modo en que a veces parece exigir la gente, sin dramatismo gratuito, siendo objetiva, clara expositivamente y evitando trampas, giros y los tics habituales del “cine comercial comprometido”, ha suscitado una buena acogida en general, pero también algún ceño fruncido con bastante energía.
Y es que el hecho de que un director lo tenga claro, el hecho de que una película controle perfectamente su tono y su discurso, no es garantía de que vaya a ser la mejor película posible en su género; aunque también se podría discutir qué significa tal cosa, y si preocuparse por eso no te va a empujar siempre en la misma dirección, forzando el que al final todas las películas “serias” acaben contadas de las mismas dos o tres maneras.
Para empezar, Spotlight elige ser didáctica, casi como si expusiera el tema de la pederastia a un público para el que el asunto fuese poco más que un rumor. Y elige un hecho concreto, relacionado con los innumerables casos de acoso infantil acontecidos en Boston, y que se destaparon en 2002. Spotlight, en el Boston Globe, se presenta como una idea sólida de lo que debería ser el periodismo, o de lo que ya no es casi nunca. La película parece intentar (y conseguir) ser lo que debería intentar ser el periodismo, objetiva, clara y despreocupada por no poder contentar a quien ojea un libro buscando dibujos.
Es conocido que Thomas McCarthy ha tirado de la escuela David Simon, algo notablemente arriesgado para una película, ya que una serie como The Wire puede ser aséptica o realista, adulta en definitiva, pero a la vez Simon sabe que sólo con la propia inercia, hora tras hora de desarrollo de personajes y tramas, el factor emocional es inevitable, sale a flote, no es necesario forzarlo. La grandeza de The Wire reside en que es capaz de llegarte al corazón aun formándote, explicándote cómo funciona el mundo, sin abstracciones.
Por un lado, se podría decir que Spotlight tiene alma pero le falta algo de corazón, al no tener el espacio suficiente para llegar a la empatía con las herramientas que ha elegido; y por otro lado, se podría concluir que McCarthy sabía que esto podía pasar, pero no le importaba, ya que además de presentar una película sólida y contarnos cómo piensa un periodista de verdad, probablemente ha abierto una puerta a otra forma de contar las cosas, incluso aunque los receptores estén en una sala oscura poniéndose hasta el culo de comer, e intentando precisamente olvidar el mundo real.

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Esta entrada fue publicada el 01/02/2016 por en Redacción.
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