Reuniones en la cumbre

Cine y música, música y cine. Sin más.

La bruja

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Para empezar, no he tenido suerte con la sesión. En parte porque el tío que tenía al lado no olía bien; no sé si era falta de higiene o halitosis. Le oía respirar todo el tiempo, creo que era halitosis. Ha habido ruidos de impaciencia y crujir de bolsas con comida, niños que no sabían qué hacían allí y padres cuyo sitio era más bien Port Aventura…
Por lo que sea, Robert Eggers ha podido hacer la peli que quería hacer, y además se ha distribuido muy decentemente. No es particularmente contemplativa, simplemente no obedece a fórmulas modernas. Esto es: despierta tu interés desde el principio si estás abierto, pero la película no se preocupa por darte los asideros actuales recurrentes; los insinúa simplemente cuando la historia se lo pide.
Una familia de Nueva Inglaterra desterrada de su colonia en 1630, se ve de repente aislada junto a un bosque, en una granja en la que comienzan las penurias. Los padres y sus hijos, un niño y una niña pequeños, uno mediano y una hermana más crecidita (inmensa Anya Taylor Joy), comienzan a desesperar. El bosque, la granja, los animales, comienzan a dejar de ser inertes o una ventaja.
El realizador vehicula el crescendo de la desesperación a través de la religión. El hambre y una amenaza externa desconocida, amplifican las creencias de los progenitores, y, lógicamente, el terror de los niños. La suma se las trae; por un lado, tenemos la visión del mundo de los adultos, inamovible, cerrada y obtusa; y por otro, el factor incontrolable de la realidad que dibuja la cinta, en que la obsesión enfermiza por “hacer el bien”, lo que finalmente trae es el mal, que acaba llegando en diversas formas.
La idea del “bien” que tienen los padres, basada en un amor extremo (a Dios) y cebado de negaciones, empieza a contrastar sutilmente con la actitud de la hija mayor. La película se encamina de alguna forma hacia cierta poética de lo maligno: Los atractivos de dejar de ser una criatura sola y arrodillada rezando (y dejar de serlo a lo grande…).
El relato es oscuro y precioso, a ratos terrorífico, de ese modo en que el plano contenido sustituye al susto orquestado. No es un juego, sino más bien un drama con aristas de género. De hecho, no es arbitrario, sino una historia basada en leyendas sobre la zona. El clímax final –sin aspavientos ni ánimo de arrancar exclamaciones– lo es por contraste formal con el resto de la cinta. Lo que tenemos aquí es un material reposado, auténtico y filmado con el pulso de quien parece haber soñado con lo que quería rodar. Una delicia, y seguro una de las películas del año.
(Por si a alguien le sirve, al final, entre los que habían hecho cola para el Dragon Khan, alguien ha dicho:
Pfff….
Otro:
Po vaya mierda.
Y no ha faltado el ya clásico:
¿Ya sacabao?)

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Esta entrada fue publicada el 15/05/2016 por en Redacción.
Los caprichos de Julie Delpy

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