Reuniones en la cumbre

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El hombre de las mil caras

Cartel y fotos de  El hombre de las mil caras

Alberto Rodríguez podría haberse apoltronado después de ‘La isla mínima’. Podría haber tirado de género puro y duro otra vez, haber inventado otro universo cerrado en el que lucirse técnicamente y ofrecer más de lo mismo, algo con otro título y un discurso distinto en la gira de promoción. Es un proceder que hemos visto muchas veces, y que intenta defender la autenticidad de pelis que sólo son un truco para exprimir la gallina ya conocida.
‘La isla mínima’ estaba impregnada de autenticidad y carácter (además de suponer un punto de inflexión en el cine de por estos lares), y ‘El hombre de las mil caras’ viene a dejar claro que detrás hay un director que sigue con ganas de contar cosas.
No os dejéis aburrir por el lugar común del “sigue con ganas de contar cosas”. No es que Rodríguez haya dado una voltereta ni haya intentado hacer un quiebro al público. Simplemente tenía interés por cierto material, y lo ha llevado hasta las últimas consecuencias.
Siendo ese material pura crónica social, todo se vuelve más rocoso, más prudente en cierta manera, y también más complicado. La peli, aun así, no deja la sensación de haber querido (sin éxito) abarcar demasiado. Básicamente dramatiza un periodo político que inundó en su día los telediarios con la clase de noticias que generalmente más nos empujan a la siesta; ya sea por ser pura sección nacional, o, a la larga, por desgaste.
Pero la trama de ‘El hombre…’ bien podría ser una novela de John le Carré, y bien seguro eso era lo que le atraía al realizador.
En la historia de Francisco Paesa y Luis Roldán, hay un trasfondo inquietante relacionado con ciertas actitudes y filosofías vitales. No se trata solo de las típicas figuras con poder que, desde una posición de supuesto servicio público, deciden robar a lo grande. Además de eso, tenemos a alguien que no puede gestionar a ningún nivel lo que ha hecho (Roldán), y por otro lado a un tipo que no solo sabe gestionarlo, sino que pareciera un yonki de la extorsión a gran escala. Paesa parece tener interés por algo más que el dinero. Es una personalidad imposible de descifrar que te hace pensar más en adicciones ininteligibles que en la mera ambición de hacerse millonario. Tenemos, pues, no solo un retrato sobre típicos ladrones españoles (digámoslo claro), sino también un estudio sobre esas personas que necesitan vivir al límite (ya sea éste la cárcel o la muerte), y que no saben abandonar esa dinámica. Dice mucho que el narrador en off de todo el asunto sea el personaje de José Coronado, un piloto que simplemente parece buscar la emoción de implicarse en un juego de espías real.
La película no es para matar dos horas cualquiera, pide cierta predisposición, pero eso sí, te da a cambio una obra de las que no abundan tanto. De las que no surgen solo del mecanismo de relojería fílmico de un mero artesano.

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Esta entrada fue publicada el 25/09/2016 por en Redacción.
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